—Estáis perdonado; ahora sepamos: ¿habéis muerto á don Rodrigo Calderón?

—No lo sé, señora; sólo sé que le he tirado á muerte.

—¿Os ha conocido don Rodrigo?

—No lo sé, porque un hombre me seguía.

—¿Os acompañaba alguien?

—Sí... sí... señora—dijo vacilando Montiño.

—¿Quién os acompañaba?

—Don Francisco de Quevedo.

—¡Ah! ¿está don Francisco en la corte?—exclamó con precipitación la dama.

—Creo que, como yo, ha llegado á ella esta noche.