—Y... ¿sois amigo de don Francisco?...
—¡Oh! ¡sí! y débole tanto, como que me ha dicho que me ha recomendado al duque de Osuna, y que el duque de Osuna le ha encargado que me busque y me lleve consigo á Nápoles.
—¡Ah! ¡el duque de Osuna!
Y la dama miró con una profunda atención á Juan Montiño, y se puso pálida; pero sobreponiéndose añadió:
—Y decidme, ¿estaba con vos don Francisco cuando reñísteis con Calderón?
—Tan conmigo estaba, que reñía al mismo tiempo con otro hombre que sin duda servía á don Rodrigo.
—¿Sabe don Francisco lo de las cartas?
—¡Ah! no, señora; por mi boca no lo sabe nadie más que vos.
—Permitidme que os lo pregunte otra vez. ¿No habéis leído esas cartas?
—Por mi honra de hidalgo y por mi fe de cristiano, señora, bastaba con que yo supiese que esas cartas eran de su majestad, para que yo no pusiese en ellas los ojos.