—Esperad, esperad un momento, caballero—dijo la dama.

—Esperaré cuanto queráis.

—Vuelvo al punto.

La dama tomó la cartera y el brazalete de sobre la mesa, desapareció por la puerta de los tapices, y estuvo gran rato fuera dando tiempo con su tardanza á que Juan Montiño, yendo y viniendo en su imaginación con todo lo que le acontecía, con todo lo que sentía y con la noble, dulce y resplandeciente hermosura de la incógnita, acabase de volverse loco.

Al fin la dama apareció de nuevo.

Traía una carta en la mano, y en el semblante la expresión de una satisfacción vivísima.

—Su majestad—dijo—os agradece, no como reina, sino como dama, lo que habéis hecho en su servicio; su majestad quiere premiaros.

—¡Ah, señora! ¿no es bastante premio para mí la satisfacción de haber servido á su majestad?

—No, no basta. Sois pobre, no necesitáis decirlo...

—Sí, pero...