—Dejémonos de altiveces... recuerdo que me dijísteis que érais ó habíais sido estudiante en teología... pero que os agradaba más el coleto que el roquete.

—¡Ah! sí, señora, es verdad; soy bachiller en letras humanas, y licenciado en sagrada teología y leyes.

—Y bien, ¿queréis ser canónigo?—dijo la dama mirando á Juan Montiño de una manera singular.

—Si soy canónigo no puedo alentar la esperanza de que por un milagro seáis mía.

—Dejemos, dejemos ese asunto... ya que no queréis ser canónigo... ¿os convendría ser alcalde?

—¡Oh! tampoco; soldado de la guardia española al servicio inmediato de su majestad; así os veré cuando haga las centinelas; os veré pasar alguna vez á mi lado.

—Y veréis pasar otras muchas hermosas damas.

—Para mí no hay más que una mujer en el mundo.

—Contadme por vuestra amiga, por vuestra hermana—dijo la joven tendiéndole la mano—; otra cosa es imposible. Pero abreviemos, que ya es tarde. Tomad esta carta y llevadla á quien dice en la nema.

—«Al confesor del rey, fray Luis de Aliaga.—De palacio.—En propia mano»—leyó el joven.