—¿Y en qué convento mora el confesor de su majestad?

—En el de Nuestra Señora de Atocha... extramuros... ¡ah! y no me acordaba... esperad, esperad un momento.

Y la dama salió y volvió al poco espacio con otro papel.

—Tomad: es una orden para que os abran el portillo de la Campanilla, que da al convento de Atocha; bajad á la guardia, buscad al capitán Vadillo y mostradle esta orden; él os acompañará y hará que os abran el postigo, y seguirá acompañándoos hasta Atocha; una vez en el convento, preguntad por el confesor del rey y mostrad el pliego que os he dado; seréis introducido. Ahora bien; como en vez de ser canónigo ó alcalde, queréis ser soldado, decid al padre Aliaga que deseáis ser capitán de la guardia española del rey.

—¡Capitán á mi edad, cuando mi padre pasó toda su vida sirviendo al rey para serlo!

—¡Ah! ¡vuestro padre no ha sido más que capitán!—dijo con un acento singular la dama, fijando una mirada insistente en Montiño—. Yo creía que fuese más. Pero no importa; si vuestro padre tardó en ser capitán, en cambio vuestro padre no hizo, de seguro, al rey un servicio tal como el que vos le habéis hecho esta noche, porque sirviendo á la reina habéis servido al rey y á España. Decid, pues, á fray Luis de Aliaga que deseáis ser capitán de la guardia española del rey.

—Pero... yo no pedía tanto.

—Se os manda... se necesita que seáis capitán—dijo severamente la dama.

—¡Ah! ¡de ese modo!

—Id, pues.