Aquella dama era la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III.

—¡Oh, valiente y noble joven!—dijo la reina—: Dios nos lo ha enviado. Clara, sin él, ¿qué hubiera sido de mí?

—Dios, señora, jamás abandona á los que obran la virtud, creen en él y le adoran.

—¡Oh, mandaré hacer en cuanto tenga dinero para ello, una fiesta solemne á Nuestra Señora de Atocha y la regalaré un manto de oro! ¡Oh, bendita madre mía, si yo no tuviera estas cartas en mi poder!

Y los hermosos ojos de la reina se llenaron de lágrimas.

—Por estas cartas hubiera yo dado mi vida—añadió—. Y dime, Clara, al saber que yo ansiaba tanto tener esas cartas, ¿no has sospechado de mí?

—He sospechado—dijo Clara sonriendo y fijando una mirada de afecto en la reina—, he sospechado que vuestra majestad, arrastrada por su buen corazón, por su virtud, por el deber que tiene de velar por los reinos de vuestro esposo, no había meditado bien, no había estudiado al hombre en quien había depositado su confianza, y se había comprometido por imprevisión.

—Explícate, explícate, por Dios, Clara.

—¿Qué explicación se necesita? esas cartas... estoy segura de ello, son citas á don Rodrigo Calderón; citas, no ciertamente de amor, pero que tal vez puedan parecerlo.

—Yo no te había hablado nada de estas cartas; hasta hoy no te había dicho nada de mis secretos hasta que he necesitado recobrar estas cartas, pero han venido á tus manos... ¿las has leído?