—Esperad, están cerradas las puertas—dijo doña Clara, tomando una bujía y precediéndole.
Abrió en silencio dos puertas, y al abrir la exterior, Juan se volvió y quiso hablar, como si le costase un violento sacrificio separarse de doña Clara.
—Es tarde... adiós, señor capitán, adiós. Hasta otro día—dijo doña Clara, y cerró la puerta.
—¡Hasta otro día!—exclamó el joven—. Noche será para mí y noche obscura el tiempo que tarde en volveros á ver, doña Clara. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! no sé si alegrarme ó entristecerme con lo que me sucede.
Y Juan Montiño tiró la galería adelante, bajó unas escaleras y se encontró en el patio, y poco después, dirigido por un centinela, en el cuerpo de guardia, donde, habiendo hecho llamar al capitán Vadillo, le mostró la orden.
—Aquí me mandan que os acompañe al monasterio de Atocha—dijo el capitán, que era un soldado viejo—. En buen hora; dejadme tomar la capa y vamos allá, amigo.
Poco después, el joven y el capitán cruzaban las obscurísimas calles de Madrid.
CAPÍTULO XII
LO QUE HABLARON LA REINA Y SU MENINA FAVORITA
Doña Clara entró en una pequeña recámara magníficamente amueblada. En ella, una dama joven y hermosa, como de veintisiete años, examinaba con ansiedad, pero con una ansiedad alegre, unas cartas.