—¡Oh, sí! y me alegro, me alegro, porque se ha llevado un buen susto.
—Susto del que ha salido, porque al fin ha parecido su majestad... ¡acostada!
—Sí, sí, lo que no ha contrariado poco á la buena doña Juana por su torpeza en no mirar el lecho. Pero no hablo yo de ese susto, sino de otro mayor.
—¡De otro mayor!
—Sí por cierto: á poco de haber salido la duquesa, volvió á entrar más pálida y más conmovida, fijó una mirada cobarde en el lecho y volvió á repetir, ¿Dónde está la reina? ¡no parece su majestad! ¿qué es esto, Dios mío? Si yo hubiera estado en una situación menos ambigua que escondida tras el cortinaje, hubiera salido, dejando para otra ocasión mi acechadero, me hubiera dado á luz y me hubiera reído del terror de la duquesa; pero un no sé qué me retuvo inmóvil. Oí á la duquesa murmurar algunas frases acerca de lo que se cuenta en las apariciones en el alcázar de la desgraciada Isabel de Valois, y de repente sonó un portazo; cayóse el candelero de las manos de la duquesa, quedó el dormitorio á obscuras, y oí una voz de hombre que amenazaba á la duquesa con revelar no sé qué secretos suyos si no callaba acerca de lo que sucedía. La duquesa dió un grito y huyó. Luego oí pasos recatados sobre la alfombra en dirección á la mesa. Entonces, encomendándome á Dios, salí de mi escondite y abrí la linterna. Vi un hombre, y en la tapicería una puerta abierta, una puerta que yo no conocía: aquel hombre cayó de rodillas á mis pies. Aquel hombre era... el hombre más despreciado de palacio, el tío Manolillo: el loco del rey.
—¡Ah! ¡el loco de su majestad!—exclamó doña Clara—; ¿y ese hombre era el autor de las cartas que aparecían tan misteriosamente?
—Sí.
—Y al verse cogido...
—Se repuso, y me dijo con su acostumbrada insolencia de bufón:
—He aquí un loco cogido por una loca; porque tú, mi buena señora, hace mucho tiempo que estás haciendo locuras. ¿Qué te va á ti en que España se pierda ó se gane, y en que el rey no haga de ti tanto caso como de su rosario? En cuanto á lo uno, allá se las compongan ellos, que quien sufre los palos, merecidos los tiene; y en cuanto á lo otro, alégrate: así el rey mi amigo no se hubiera acordado de ti.