—¿Son tuyas las cartas que he encontrado sobre esa mesa?
—Mías han sido hasta que han sido tuyas.
—¿Y cómo sabes tú que don Rodrigo?...
—¡Bah! don Rodrigo es muy hablador; no quiere que se le entorpezca la lengua, y la usa de punta y de filo: por lo mismo, te he aconsejado ya, reina mía, que le tratemos de filo y de punta.
—¿Cómo sabes tú que existen esas puertas?
—¡Bah! es un cuento muy largo; dejémoslo para cuando el rey se ocupe de las cuentas de su rosario.
—¡Tú quieres escapar!
—¡Y vaya si quiero! como que yo y tú, mientras yo esté aquí, estamos en una ratonera.
—¿Pero no me explicarás?...
—Sí, otro día, más despacio: por ahora lo que importa es que busques los mil y quinientos doblones que vale Calderoncillo, y que salgamos de él... créeme, mi buena señora: Dios es justo, y como se valió de un muchacho para matar á un gigante, se vale de dos locos para matar á un gran pícaro. Nada temas. Si el rey no es torpe, vendrá esta noche por esta misma puerta á visitarte.