—¡El rey!—le dije.

—Sí, señora, el rey; y por cierto que te le hemos puesto blando como un guante; el padre Aliaga, que es muy amigo tuyo y muy bendito hombre, y yo, que soy un loco muy hombre de bien: conque hermana reina, quédese en paz y créame, y déjeme ir, y sobre todo, los mil y quinientos... y cuenta que no los das por la vida de don Rodrigo, sino por la tuya.

Y se me escapó, huyendo por la puerta que se cerró tras él.

—¡Así anda todo!—dijo doña Clara—: cuando un reino está sin cabeza...

La reina frunció un tanto el bello entrecejo.

—El rey es al fin el rey—dijo Margarita con un tanto de severidad.

—Pero cuando sirve de escudo á traidores...

—Dará cuenta á Dios.

—Y al mundo, cuando hace infeliz á una reina tal como vuestra majestad.

Margarita había vuelto á su recámara.