—Afortunadamente—dijo la reina, sentándose de nuevo en el sillón que había ocupado antes—, la lucha podrá ser peligrosa, pero hemos apartado de ella la deshonra, gracias á ese noble joven.
—Noble, y muy noble—dijo doña Clara—: ¿le ha visto bien vuestra majestad cuando estaba hablando conmigo?
—Me ha parecido bien criado, generoso, franco, con el alma abierta á la vida... y enamorado, sobre todo, Clara, enamorado.
—¿Y no ha visto más vuestra majestad en ese joven?
—No—contestó con una ingenua afirmación la reina.
—La frente, el nacimiento de los cabellos, la mirada de ese joven, ¿no han recordado á vuestra majestad uno de sus más grandes, de sus más leales vasallos, que por serlo tanto está alejado de España?
—No—repitió con la misma ingenuidad la reina.
—Pues yo he creído, durante algunos momentos, estar hablando con el noble, con el valiente duque de Osuna, no ya en lo maduro de su edad, sino á sus veinticuatro años.
—¡Parecido ese joven al duque de Osuna!
—Es un parecido vago, en el que es muy difícil reparar cuando el semblante de ese joven está tranquilo; pero cuando se exalta, cuando su mirada arde... entonces el parecido es maravilloso: yo creo que se parece más ese joven al duque en el alma que en el semblante, y como en ciertas situaciones el alma sale á los ojos...