—Que le hago justicia.

—No, que le amas.

—¡Que le amo! ¡En una hora!...

—En una hora has recibido una impresión de tal género, que no le olvidarás, yo te lo afirmo; que recordándole le amarás... le amarás de seguro, y contando con esa seguridad, y hablando por adelantado, puede decirse que ya le amas.

—No sé, no sé... pero... he causado por mi desdicha una impresión tan profunda en su alma...

—Impresión de que estás orgullosa, Clara, y que por primera vez te ha hecho bendecir á Dios por la hermosura que te ha concedido.

—No, no—contestó doña Clara con la misma turbación que si la reina hubiera leído en su alma.

—¿Y por qué no amarle? Un joven que por ti lo ha arrostrado todo; que por ti está en peligro... porque al fin y al cabo ha herido ó muerto á don Rodrigo, ha deshecho con su espada, como noble, una traición infame que traerá contra él poderosos enemigos, de los cuales acaso no podamos libertarle. ¿No merece tanto sacrificio que tú le ames?

—Mi amor, señora, sería un tormento para mí, y una desesperación para él.

—El día en que caiga el duque de Lerma, ese joven será tu esposo: te prometo ser tu madrina.