Las dos jóvenes se inclinaron.
La duquesa de Gandía quedó temblando ante Margarita de Austria.
—Debísteis registrarlo todo antes de suponer que yo no estaba en mi cuarto; ¿dónde había de estar, duquesa de Gandía, la reina, sino en palacio y en el lugar que la corresponde...?
—¡Señora!
—Y sin duda, como servís en cuerpo y alma al duque de Lerma, le habréis avisado de que yo me habría perdido, y si no se ha revuelto mi cuarto es porque, menos ciega en vuestra segunda entrada, dísteis conmigo durmiendo. El duque de Lerma, sin embargo, puede haber tomado tales medidas que comprometan mi decoro, y todo por vuestra torpeza.
—¿Vuestra majestad me despide de su servicio?—dijo, sobreponiendo su orgullo á su turbación, la camarera mayor.
—Creo, Dios me perdone, que os atrevéis á reconvenirme porque os reprendo.
—Yo... señora...
—Me he cansado ya de sufrir, y empiezo á mandar. Continuaréis en mi servicio, pero para obedecerme, ¿lo entendéis?
—Señora... mi lealtad...