—¡Ah! ¡Su majestad!... ¿Y qué mandaba su majestad?

—Me mandaba que le anunciara á vuestra majestad.

—¡Ah! ¿Y ese mandato os causó tanto miedo, que os obscureció la vista y no reparásteis en mí?

—¡Señora!

—¿Y sin duda dijísteis á vuestra majestad que me había perdido?

Nunca la reina había hablado de tal manera á la duquesa de Gandía; y era que la buena aventura de aquella noche le había dado valor, que se creía de una manera tangible protegida por Dios y se sentía fuerte.

La duquesa de Gandía, que había anunciado con mala intención á la reina que el rey había querido verla, al verse tratada de aquel modo seco y frío por Margarita de Austria, se turbó.

No estaba acostumbrada á tanto...

—Yo, señora—dijo—, dí al rey la excusa de que vuestra majestad estaba acompañada.

—Retiráos, señoras—dijo la reina á la de Lemos y á doña Beatriz de Zúñiga—; vuestro servicio ha concluído, no me recojo.