—¡Oh, las doce!... Ya es hora de que tú descanses y de que yo me recoja; hasta mañana, Clara. Di á la camarera mayor que me recojo.
—Adiós, señora—dijo doña Clara doblando una rodilla y besando la mano á la reina.
Margarita de Austria la alzó y la besó en la frente.
Doña Clara salió, y la reina se quedó murmurando:
—Ve, ve á soñar con tu primer amor. ¡Dichosa tú que amas! ¡Dichosa tú que puedes amar!
Y dos lágrimas asomaron á los ojos de Margarita de Austria, que tuvo buen cuidado de enjugarlas porque se sentían pasos en la cámara.
Se abrió la puerta y apareció la camarera mayor; con ella venían la condesa de Lemos y la joven doña Beatriz de Zúñiga.
La duquesa de Gandía se inclinó profundamente.
—¿Qué os ha sucedido esta noche, mi buena doña Juana?—dijo sonriendo la reina—; creo que me habéis creído perdida y que habéis estado á punto de ofrecer un hallazgo por mi persona.
—¡Ah, señora! Nunca me consolaré de mi torpeza. ¡No pensar que podía vuestra majestad estar recogida en el lecho! ¡Y en qué circunstancias! ¡Cuando su majestad el rey estaba en la cámara!...