—¿Conque no hay esperanza ninguna para ese pobre mancebo enamorado?

—Yo le desenamoraré.

—¡Ah! Difícil lo veo.

—Le trataré...

—Como tu corazón te deje tratarle...

—He resistido los amores de unos por muy altos y de otros por muy bajos; resistiré este también. ¿Cree vuestra majestad que á los veinticuatro años y criada en la corte, no habré tenido ocasión de resistir tentaciones?

—Sí, sí; ya sé que eres una mujer fuerte... una maravilla, y esto es una de las razones del amor que te tengo, Clara. Pero en el asunto de que se trata debo demasiado á ese joven para no ayudarle... Aunque creo necesite poca ayuda, creo que él es bastante para hacerse amar de ti.

—Lo veremos—dijo sonriendo tristemente doña Clara.

—Lo veremos. ¿Pero qué hora es ésta?

—Las doce—dijo doña Clara contando las campanadas de un magnífico reloj de pared.