—Hablo á mi esposo, al hombre, no al rey... vos no habéis penetrado como rey en medio de vuestra servidumbre, con la frente alta, mandando; habéis entrado como quien burla, por una puerta oculta que yo no conocía. ¿Quién os obliga á ocultaros en vuestra casa?

—Creo, señora, que la camarera mayor y el duque de Lerma, saben que paso la noche con vos.

—Pero saben que la pasáis por sorpresa.

—No tanto, no tanto.

—Os habéis venido huyendo del duque de Lerma.

—¿Qué hacéis?—dijo Felipe III.

—Ya lo veis, me siento.

—No creo que sea hora de velar, ni yo ciertamente he venido aquí para trasnochar sentado junto á vos.

La reina no contestó.

—Vos no me amáis—dijo el rey.