—¿Y no os inspira confianza la manera respetuosa con que os trato?
—Respetuosa y reservada, por ejemplo, no me habéis dicho quiénes eran los dos grandes señores que habéis conocido.
—¿Y por qué no? Eran el conde de Olivares y el duque de Uceda.
—¿Y cómo? ¿por qué habéis conocido á esos caballeros?
—Terciaron en mi disputa con el palafrenero.
—¡Ah!, y decidme: ¿de dónde salían?
—De las caballerizas del rey.
—¡Ah!, ¡es extraño!—dijo la dama—; ¡juntos y en público Olivares y Uceda!
Y la dama guardó silencio por algunos segundos.
Seguían andando lentamente; por fortuna la lluvia no arreciaba; y los anchos y bajos aleros de las casas los protegían.