—¿Y quién es esa persona?

—Esa persona es vuestra favorita... la hermosa menina doña Clara Soldevilla.

—Sería la última degradación á que podía sentenciarme vuestra debilidad, el que yo no pudiese retener una de mis meninas en mi servidumbre. A propósito; es ya demasiado mujer para menina, y voy á nombrarla mi dama de honor.

—¡Y quién lo impide!

—Nadie... pero os lo aviso.

—Enhorabuena: decid á doña Clara que yo la regalo el traje y el velo y aun las joyas, para cuando tome la almohada.

—Lo acepto, porque ella es pobre y yo no soy rica.

—Ni yo tampoco; pero para un deseo vuestro...

—Os doy las gracias, señor.

—¡Oh! no me deis las gracias; ved que os amo, y amadme...