—¿Qué me amáis?—dijo la reina inclinándose hacia el rey, dejándole ver un relámpago de sus hermosos ojos azules, y su serena frente pálida como las azucenas y coronada de rizos de color de oro.

—¡Oh, qué hermosa eres, Margarita!—dijo el rey, en cuyas mejillas apareció la palidez del deseo.

Y la atrajo á sí.

Margarita de Austria, se sentó en un movimiento lleno de coquetería en las rodillas del rey, y se dejó besar en la boca.

—Depón al duque de Lerma—dijo la reina entre aquel beso.

El rey se retiró bruscamente como si le hubiesen quemado los labios de Margarita.

—Ya sabía yo que no me amábais—dijo la reina levantándose y mirando al rey con cólera.

—Pero señor, ¿cuándo descansaré yo?—exclamó el rey dejándose caer en el respaldo del sillón.

—Cuando arrojes de ti esa indolencia que te domina—dijo con dulzura la reina—; cuando pienses que un rey no sirve á Dios solo rezando, sino mirando por la prosperidad, por el bienestar y por el honor de sus vasallos.

—Ya velan por todo eso mis secretarios.