—¡Tus secretarios! ¡sí, es verdad! velan por los españoles, y cuentan sus cabezas como el ganadero cuenta sus reses para llevarlas al mercado.
—Eres injusta, yo no escucho ninguna queja.
—Las quejas no llegan á ti. Se pierden en el camino.
—Te pregunté si habías hablado hoy con mi confesor, porque el bueno del padre Aliaga, aunque más embozada y respetuosamente, aprovechándose de que el duque tenía un banquete de Estado, me ha tenido toda la tarde el mismo sermón. Y suponiendo que no os engañáis, ni tú que eres la reina de las reinas, por virtud, por discreción y por hermosura, ni el padre Aliaga, que es casi un santo, ¿qué queréis que haga?—Reduzca vuestra majestad los gastos de su casa, que España anda descalza—me dice el padre Aliaga—. Y cuando esto dice el bueno de mi confesor, cuento las ropillas que tengo y los doblones que poseo, y hallo que cualquier pelgar anda mejor cubierto y mejor provisto que yo.
—Eso demuestra, que siendo exorbitantes las rentas reales, siendo parca nuestra mesa y pocos nuestros trenes y nuestros vestidos, las rentas reales son robadas.
—¡Robadas, robadas! esto es demasiado grave. Yo no creo que un caballero tal como el duque...
—¿Si te doy una prueba de que el duque vende los oficios miserablemente?...
—Siempre se han vendido... me acuerdo de una provisión de corregidor que se ha dado esta mañana á Diego Soto, para que la venda en lo que pudiere... y todo está firmado por mí.
—Sí, pero es que el duque vende por su cuenta... te roba...
—¡Oh! no puede ser.