—El duque lo tenía previsto todo.
—Ni el duque ni nadie podía prever que don Juan de Aguilar tuviese la fortuna de aterrar á los infelices moriscos en la primera batalla; ni el duque ni nadie podía prever que los enemigos exteriores de España no se aprovecharan de aquellas circunstancias. Pero el duque fué traidor y torpe.
—¡Traidor!
—Sí, traidor, y de la manera más criminal que puede ser traidor un vasallo: manchando ante la historia el nombre de su señor... porque tu nombre aparecerá manchado en la historia por esa tiranía feroz inmotivada contra los pobres moriscos; por esa codicia innoble que les robó.
La mirada del rey se hizo vaga.
—Y torpe, torpe... porque no previó las funestísimas consecuencias que pudo traer sobre España, y que en la parte de su riqueza y de su población la ha traído, el cumplimiento de aquel infame edicto.
—¡Margarita!—exclamó el rey, cuya conciencia se retorcía.
—Yo te pedí de rodillas, aquí, en este mismo sitio, que revocaras aquel edicto; y te lo pedí por ti mismo, por la gloria de tu nombre, por tu dignidad de rey, más que por el bien de tus reinos. Te lo pedí, Felipe, porque te amo, y porque te amo, te pido la deposición del duque de Lerma.
—¡Que me amas, Margarita! ¡que me amas!—exclamó el rey—¡y no me lo has dicho hasta ahora!
—¿Qué mujer honrada, y que nunca ha amado, no ama al padre de sus hijos?—exclamó en un sublime arranque Margarita, arrojándose á los brazos del rey.