Y levantándose de repente, añadió:

—Y no te lo he dicho; no se lo he dicho á nadie, no, y me he mostrado siempre contigo reservada y fría porque... mi orgullo de mujer ha estado continuamente ofendido al verme pospuesta á un favorito.

—Y á quién, á quién buscar...

—¿A quién? al duque de Osuna...

—Es demasiado soberbio.

—Pero es justo, y valiente, y buen vasallo. Y si no, Ambrosio Espínola, y si no... si no... Quevedo.

—¡Osuna, Espínola, Quevedo! ¡dos soldados y un poeta!

—Tres españoles que no han renegado de su patria, y que por lo mismo, están alejados de ella por el temor de los traidores.

—Lo pensaré, lo pensaré—; dijo el rey.

—No, no; pensarlo, no; ya lo he pensado yo bastante; ¿no tienes confianza en tu esposa, Felipe?... ¿no me amas? ¿no crees en mi amor?