—Lo pensaré... me duermo... necesito rezar antes mis oraciones.
Y el rey se dirigió al oratorio de la reina.
—¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!—dijo Margarita viendo desaparecer al rey por la puerta del oratorio—¡Ten piedad de España! ¡Ten piedad de mí!
CAPÍTULO XIV
DEL ENCUENTRO QUE TUVO EN EL ALCÁZAR DON FRANCISCO DE QUEVEDO, Y DE LO QUE AVERIGUÓ POR ESTE ENCUENTRO ACERCA DE LAS COSAS DE PALACIO, CON OTROS PARTICULARES.
Apenas Juan Montiño había desaparecido por la escalerilla de las Meninas, cuando Quevedo, que como sabemos observaba desde la puerta, se embocó por aquellas escaleras en seguimiento del joven.
—En peligrosos pasos anda el mancebo—dijo don Francisco—; sobre resbaladiza senda camina; sigámosle, y procuremos avizorar y prevenir, no sea que su padre nos diga mañana: con todo vuestro ingenio, no habéis alcanzado á desatollar á mi hijo.
Y Quevedo seguía cuanto veloz y silenciosamente le era posible, á la joven pareja que le precedía en las tinieblas.
—¿Y quién será ella?—¿quién será ella? decía el receloso satírico.
Y seguía, sudando, á pesar del frío, á los dos jóvenes, que andaban harto de prisa.