—Pues ó he perdido la memoria y el tiento, ó todo junto—decía Quevedo—, ó se encaminan á la portería de Damas; paréceme que se paran: ¡adelante y chito! suena una llave, se abre una puerta, entran... ¡ah! esa momentánea luz... el cuarto de la reina... ¿será posible? ¿me habré yo engañado pensando bien de una mujer? Merecido lo tendría. ¿Pero quién va?

Había oído pasos Quevedo.

—No va, viene—dijo una voz ronca.

—¡Por el alma de mi abuela! ¿y de dónde venís vos, hermano?

—Ni sé si del cielo ó si del infierno. Vos, hermano, ya sé que del infierno sois venido, porque San Marcos no debe de haber sido para vos la gloria.

—Ha venido á ser el purgatorio, Manolillo, hijo.

—Veo que no habéis olvidado á los amigos.

—¿Y cómo olvidaros, si creo que por haberos tratado en mi niñez se me han pegado vuestras picardías?

—Yo no soy pícaro, y si lo soy, soy pícaro á sueldo.

—Tanto monta, que nadie hace picardías al aire. ¿Pero dónde vivís? Paréceme de que me lleváis por las escaleras de las cocinas.