—Así es la verdad, hermano Quevedo; he visto cuanto podía ver, y á mi mechinal me vuelvo.

—Pues sígoos.

—En buen hora sea.

—Decidme, ¿por qué me dijísteis allá abajo que no sabíais si veníais del cielo ó del infierno?

—Decíalo por un mancebo que acaba de entrar...

—¿En el cuarto de la reina?...

—¿Habéisle visto?

—Le seguía.

—¿Y no os parece que ese mancebo puede muy bien encontrar en ese cuarto una gloria ó un infierno?

—Alegraríame que le glorificasen.