—Y yo; aunque no fuese más que por verme vengado...
—¿Del rey?...
—¡Qué rey! ¡qué rey!—dijo el bufón.
—Paréceme será bien que callemos hasta que nos veamos en seguro.
—Decís bien... nunca palacio ha sido tan orejas todo como ahora. Pero ya llegamos.
Acababan de subir las escaleras, y el tío Manolillo había tomado por un callejón estrecho.
Detúvose á cierta distancia del desemboque de las escaleras, y sonó una llave en una cerradura.
—Pasad, pasad, don Francisco—dijo el bufón.
Quevedo entró á tientas en un espacio densamente obscuro.
El bufón cerró.