—Esa es mi desesperación: que no os conozco, y os recuerdo.

—¿Sabéis que ya es obra el entenderos? Si no me conocéis, ¿como podéis recordarme?

—Pues ese es el caso: yo os he visto un momento, un momento nada más, y os he visto tan hermosa que me habéis cegado...

—¿Que me habéis visto? ¿Y dónde?

—Cuando os asísteis á mí, teníais abierto el manto.

—¡Oh! ¡no! no recuerdo haberme descuidado. Y si no, ¿de qué color son mis ojos?

—Es que vuestra hermosura me ha deslumbrado, señora, y cuando he vuelto á abrir los ojos me he encontrado á obscuras.

—Nos siguen más de cerca—dijo la dama—, y mucho será de que quien nos sigue, á pesar de todo, no me conozca.

—La noche está obscura, señora; hace tiempo que vamos por calles desiertas: al que estorba se le mata.

—¡Ah!—exclamó la dama y estrechó el brazo del joven.