—Lo que es el que pasa contigo por los corredores bajos de palacio no me gusta nada—dijo Luisa—, tiene el mirar de traidor.
—¡Ah! ¡Agustín de Avila, el honrado alguacil de casa y corte! Pues mira, él no dice de ti lo mismo. Sólo se le ocurre un defecto que ponerte.
—Me importa poco.
—Maravíllase mi amigo de que teniendo por amante un hombre tal como yo, puedas vivir al lado de un marido tal como el tuyo.
—¿Y qué le he de hacer?
—Ya te lo he dicho...
—¡Oh! ¡nunca!... ¡nunca!... ¡qué horror!—exclamó Luisa.
—Pues será necesario que renuncies á verme.
—¡Juan!—exclamó Luisa, cuyos ojos se llenaron de lágrimas.
—Preciso de todo punto: las cosas se ponen de manera que no se puede pasar más adelante. ¿No oyes que esta noche la reina ha salido á la calle?