—¡Oh! no, eso no puede ser.
—¿Que la amparaba un hombre desconocido?...
—¡Dios mío! ¿pero qué tengo yo que ver con todo eso?
—Que ese hombre ha herido malamente á don Rodrigo Calderón.
—¿Y á ti qué te importa?
—Luisa, todo lo que soy, lo debo á don Rodrigo.
—Bueno es ser agradecidos, pero cuando no nos piden imposibles.
—Nada hay imposible cuando se ama.
—Don Rodrigo no puede pedirte tanto.
—Debo á don Rodrigo el no haber dado en la horca.