—¡En la horca tú! ¿y por qué?

—Por una calumnia. Pero tal, que si no hubiera mediado don Rodrigo...

—¿Y qué te cargaron?

—¡Bah! ¡poca cosa! Haber envenenado al marido de una querida mía.

—¿Y eso es verdad?—dijo estremeciéndose Luisa.

—Ni por asomo; pero como yo era amigo del marido y entraba en la casa aun cuando él no estaba, y la mujer era una moza garrida, y un día amaneció muerto el marido, y dieron en decir los que le vieron que tenía manchas en el rostro...

—¿Y eso era verdad?

—Pudo serlo, pero no lo era. Pues tanto dijeron y murmuraron y hubo tantos que supusieron que yo era el causante de aquella muerte, que dieron con los dos, con ella y conmigo, en la cárcel.

—¡Dios mío!

—Ella murió.