—¿La ajusticiaron?

—Tanto da, porque la pusieron al tormento y no pudo resistir.

—¡Dios mío! ¿Y á ti no te atormentaron?

—Sí, pero el alcalde y el escribano eran amigos; mejor: les había hablado don Rodrigo, y aun más que hablado, y lo del tormento quedó en ceremonia. Dos meses después estuve libre y salvo y declarada mi inocencia, y para satisfacerme, de capitán que era de la guardia encarnada, hízome su majestad, por los buenos oficios del duque de Lerma, á quien don Rodrigo había dicho mucho bien mío, sargento mayor de la guardia española: mira, pues, si estoy obligado á servir á don Rodrigo.

—¡Juan! ¡Juan! ¡por Dios! no me obligues á lo que yo no quiero hacer.

—¿Pero á ti qué te importa? Toda la culpa caerá sobre tu marido.

—¡Y si le ahorcaran inocente!... ¡no y no!

—Pues bien, no me volverás á ver.

—No, tampoco.

—¿En qué quedamos, pues? ¿no te digo que estoy haciendo falta en Nápoles?