—Echad abajo la ventana con vuestras fuerzas de toro, hermano—dijo rápidamente Quevedo al oído del bufón.

—Paciencia y calma, y dejemos que corra el ovillo—dijo el bufón.

Una ráfaga de viento arrastró las palabras de Quevedo y del tío Manolillo.

Habíase distraído Quevedo, y cuando volvió á mirar, vió que don Juan de Guzmán mostraba á Luisa un objeto envuelto en un papel, sobre el cual arrojó una mirada medrosa Luisa.

—No, no—repitió la joven—. ¡Qué horror!

—Pues bien—dijo el sargento mayor guardando el papel con una horrible sangre fría—, no hablemos más de eso. Adiós.

Y se dirigió á la puerta.

—No, no—dijo Luisa arrojándose á su cuello—, lo pensaré.

—Pues bien, piénsalo y... si te resuelves, pon por fuera de la ventana un pañuelo encarnado.

—Bien, sí, ¿pero te vas?