Dirigiéronse al negro boquerón, y Quevedo se encontró en lo alto de unas polvorientas escaleras de piedra, y tan estrecho el caracol, que apenas cabía por él una persona; aquella escalera estaba abierta, sin duda, en el grueso muro.
Empezaron á descender.
Quevedo contaba los escalones.
A los ochenta, el bufón tomó por una estrecha abertura abovedada.
La escalera continuaba.
—Por aquí—dijo el bufón.
Y siguió por el pasadizo.
A los cien pasos abrió una puerta, y siguió por el mismo pasadizo, que se ensanchaba algo más.
A los pocos pasos se detuvo junto á una puerta situada á la izquierda.
—Mirad—dijo á Quevedo—: esta puerta secreta corresponde al dormitorio de su majestad.