—¡Ah!, ¿y para qué os detenéis? ¿qué vamos á hacer en el dormitorio de la reina?

—Mirad, mirad, y veréis algo que os asombrará.

—¿Y cómo miro? ¿creéis acaso que yo tengo la virtud de ver á través de las paredes, como al través del vidrio de mis antiparras?

—Yo, para observar, he abierto dos agujeros pequeños. Helos aquí.

—¡Ah! ¡famosa catalineta real!—dijo Quevedo arrimando sus espejuelos á las dos pequeñas perforaciones que le había mostrado el bufón.

—¡Jesucristo!—exclamó Quevedo en voz muy baja—: ¿sera verdad lo que me habéis dicho acerca de ser pieza mayor el rey? En el lecho de la reina, más allá de ella, á quien da la luz de la lámpara sobre el bello semblante dormido, hay un bulto. Y en un sillón junto al lecho, vestidos de hombre.

—Y un rosario de perlas.

—¡Ah! ¡es el rey!

—¿Pues quién otro pudiera ser, ahí, en ese dormitorio y en ese lecho?

—¡Maravilla! ¡milagro! ¡y la reina parece feliz y satisfecha, sonríe á sus sueños!