—Guárdela Dios á la infeliz—dijo el bufón—; pero sigamos.
—Duerman en paz sus majestades—dijo Quevedo siguiendo al bufón.
Este se detuvo un poco más allá.
—Aquí hay otra puerta—dijo—, y en ella otros dos agujeros. Mirad.
—¡Ah!—dijo Quevedo mirando—, ¡ah corazón mío! ¡guarda, guarda y no latas tan fuerte, que te pueden oír!
—¿Qué veis, que murmuráis, don Francisco?
—Veo á la condesa de Lemos que vela... y que llora.
—¡Ah! ¿y no se os abre el corazón?
—Abriera yo mejor esta puerta.
—No quedará por eso si queréis; pero luego: seguidme y veréis más.