—¿Y qué más veré?

—Habéis visto á la hija llorando; y es muy posible que veáis al padre rabiando.

—¿Y qué hace en el alcázar su excelencia?

—Ha venido á ver al rey y no le ha encontrado en su cámara: le han dicho que el rey está en la cámara de la reina, y si se le ha puesto saber hasta qué hora están juntos sus majestades, se habrá quedado sin duda en la cámara real; pero hablemos bajo no sea que nos oigan.

—Para no ser oídos, lo mejor es ser callados.

—Aquí—dijo con acento imperceptible el bufón, señalando otra puerta y en ella otros dos agujeros.

El bufón no se había engañado: el duque de Lerma velaba en la cámara real; pero no estaba solo.

En el momento en que se puso en acecho Quevedo, un ujier acababa de introducir en la cámara á un hombre vestido de negro á la usanza de los alguaciles de entonces: era alto y seco, de rostro afilado, grandes narices, expresión redomada y astuta, y parecía tener un doble miedo por el lugar en que había entrado, y por la persona ante quien se encontraba.

—¿Tú eres Agustín de Avila, alguacil de casa y corte?— dijo el duque.

—Humildísimo siervo de vuecencia—dijo el corchete mientras Quevedo apuntaba en el libro de su memoria el nombre y la catadura del preguntado.