—¿Has visto á don Rodrigo Calderón que está herido en mi casa?
—Sí, señor.
—Te habrá dado instrucciones.
—Y las he cumplido, señor; sé quién es el delincuente, ó por mejor decir, los delincuentes.
—Yo debí de haber matado á Francisco de Juara—pensó Quevedo—; á veces la caridad es tonta, estúpida. Acúsome de necio: encerrado me doy.
El alguacil entre tanto sacaba un mamotreto de entre su ropilla.
—He aquí las diligencias de la averiguación de ese delito, excelentísimo señor—dijo el corchete.
—Diligencias que habréis hecho vos solo, sin intervención de otra persona alguna.
—Sí, señor.
—Leed.