—Sí, por cierto, señora. He cursado en la Universidad de Alcalá.

—¡Ah! ¡ya decía yo!

—¿Y qué decíais vos?

—Que no érais novicio. ¡Estudiante! ¡ya!

—Y estudiante de teología.

—¿Y ordenado?

—No por cierto. Me gusta más el coselete que la sotana, y luego el amor... ¡poder amar sin ofender á Dios ni al mundo!

—No sabéis hablar más que de amor.

—Pues mirad; hasta ahora no he amado.

—¿Amáis á la dama del juramento?