La puerta volvió á cerrarse sin ruido.

Pero la condesa no dormía y percibió los pasos de Quevedo.

—¿Quién va?—dijo á media voz levantándose.

—No gritéis, por Dios, señora de mis ojos—dijo Quevedo—, que el amor me trae.

—Os trae Dios—contestó doña Catalina—, porque tenemos mucho que hablar.

—Pues hablemos.

—Pero no á obscuras.

Quevedo abrió su linterna.

—Gracias, mi buen caballero—dijo la de Lemos—; ahora sentáos y escuchadme.

—Siéntome y escucho.