El gentilhombre salió.
Quevedo oyó cerrar las puertas.
La condesa se destrenzó los cabellos, se abrió el justillo, llegó á la luz, la apagó, y luego oyó Quevedo como el crujir de un sillón al sentarse una persona.
Quevedo cerró su linterna y dijo al bufón:
—Abrid y hasta otro día.
—Pero, hermano don Francisco, ¿os vais á encerrar sin escape en la cueva del león?
—La condesa de Lemos cuidará de darme salida.
—Dios quede con vos, hermano.
—Hermano, Él os acompañe.
Crujió levemente la puerta, y en silencio Quevedo adelantó sobre la alfombra.