—Decid al confesor del rey—dijo Vadillo—que un hidalgo que viene en este momento de palacio, le trae una carta de su majestad.
El capitán no sabía si aquella majestad era el rey ó la reina.
—¡Una carta de su majestad...!—dijo con gran respeto el portero—; pero es el caso, que su paternidad estará durmiendo.
—Despertadle—dijo Vadillo—, y entre tanto, como hace muy mala noche, abrid.
—Voy, voy á abrirles, hermanos—dijo el portero, retirándose del ventanillo y dejando notar á poco su vuelta por el ruido de sus llaves.
Abrióse la portería.
—Esperen aquí ó en el claustro, como me mejor quisieren—dijo—; yo voy á avisar á fray Luis de Aliaga.
Montiño y Vadillo se pusieron á pasear á lo largo de la portería.
—¿Sabéis que estos benditos padres tienen unas casas que da gozo?—dijo el capitán, por decir algo.
—Sí, sí, ciertamente; en este claustro se pueden correr caballos—contestó Montiño.