—Dan, sin embargo, cierto pavor esos cuadros negros, alumbrados por esas lámparas á medio morir.

—La falta de costumbre.

—Indudablemente. Los benditos padres no se encontrarían muy bien en un campo de batalla, como yo me encuentro aquí muy mal; corre un viento que afeita, y se hace sentir aquí mucho más que en el campo. Esas crujías... con vuestra licencia, mejor estaríamos en el aposento del portero.

—¿Quién es el hidalgo portador de la carta de su majestad?—dijo el frailuco desde la subida de las escaleras—; adelante, hermano, y sígame.

—Entráos, entráos vos en el aposento del portero, amigo, y hasta luego.

—Hasta luego.

Y Juan Montiño tiró hacia las escaleras, y siguiendo al lego portero recorrió el claustro alto hasta el fondo de una obscura crujía, donde el lego abrió una puerta.

—Nuestro padre—dijo el lego—, aquí está el hidalgo que viene de palacio.

—Adelante—dijo desde dentro una voz dulce, pero firme y sonora.

Montiño entró.