—¿Es vuestra paternidad fray Luis de Aliaga, confesor del rey?

—Yo soy, caballero—dijo el fraile bajando levemente la cabeza.

—Traigo para vos una carta de su majestad.

—¿De qué majestad?

—De su majestad la reina.

Y entregó la carta al padre Aliaga.

—Sentáos, caballero—dijo el fraile.

Montiño se sentó.

Entre tanto el padre Aliaga abrió sin impaciencia la carta, y á despecho de Juan Montiño, que había esperado deducir algo del contenido de aquella carta por la expresión del semblante del religioso, aquel semblante conservó durante la lectura su aspecto inalterable, grave, reposado, dulce, indiferente.

Sólo una vez durante la lectura levantó la vista de la carta y la fijó un momento en el joven.