Cuando hubo concluído de leer la carta, la dobló y la dejó sobre la mesa.
—Su majestad la reina, nuestra señora—dijo el padre Aliaga reposadamente á Juan Montiño—, al honrarme escribiéndome de su puño y letra, me manda que interponga por vos mi influjo, y me dice que la habéis hecho un eminente servicio.
—He cumplido únicamente con mi deber.
—Deber es de todo buen vasallo sacrificarlo todo, hasta la vida, por sus reyes.
—Sí, señor, padre—replicó Montiño—, todo menos el honor.
—Rey que pide á su vasallo el sacrificio de su honra ó de su conciencia es tirano, y no debe servirse á la tiranía.
—Decís bien, padre.
—¿Sois nuevo en la corte?
—Sí, señor.
—¿Os llamáis Juan Montiño?