Y fray Luis siguió leyendo:
«Ese mancebo nos ha entregado, por mano de doña Clara Soldevilla, aquellos papeles, aquellos terribles papeles.»
—¿Y qué papeles son esos?
—A más de impaciente, curioso; son... unos papeles.
—¿Y no puedo yo saber?...
—No: oíd, y por Dios no me interrumpáis.
—Oigo y prometo no interrumpiros.
«A más ha herido ó muerto, para apoderarse de esos papeles, á don Rodrigo Calderón.»
—Pues cuento por mi amigo á ese hidalgo, por eso sólo—exclamó, olvidándose de su promesa Camino.
El padre Aliaga, como si se tratase de un pecador impenitente, siguió leyendo sin hacer ninguna nueva observación: