«Pero ignoramos cómo ese hidalgo haya podido saber que los tales papeles estaban en poder de don Rodrigo Calderón, como no sea por su tío el cocinero del rey. Os lo enviamos con dos objetos: primero, para que con vuestra gran prudencia veáis si podemos fiarnos de ese joven, y después para que os encarguéis de su recompensa. A él, por ciertos asuntos de amores, según hemos podido traslucir, le conviene servir en palacio; nos conviene también, ya deba fiarse ó desconfiarse de él, tenerle á la vista. Haced como pudiéreis que se le dé una provisión de capitán de la guardia española al servicio del rey en palacio, y si no pudiéreis procurársela sin dinero, compradla: buscaremos como pudiéremos lo que costare. No somos más largos porque el tiempo urge. Haced lo que os hemos encargado, y bendecidnos.—La Reina.»
—¿Cuánto costará una provisión de capitán de la guardia española?—dijo fray Luis quemando impasiblemente la carta de la reina á la luz del velón.
—Cabalmente está vacante la tercera compañía. Pero, ¡bah! ¡hay tantos pretendientes!
—¡Cuánto! ¡cuánto!
—Lo menos, lo menos quinientos ducados.
Tomó el padre Aliaga un papel y escribió en él lo siguiente:
—«Señor Pedro Caballero: Por la presente pagaréis ochocientos ducados al señor Alonso del Camino, los que quedan á mi cargo.—Fray Luis de Aliaga.»
Y dió la libranza á Camino.
—He dicho quinientos ducados, y esto tirando por largo, y aquí dice ochocientos.
—¿Olvidáis que el nuevo capitán necesitará caballo y armas y preseas?—añadió el fraile.