Pero cuando asomó á la puerta de la cocina el cocinero del rey, en cuanto la señora María le vió, el ojo se puso en movimiento y expresó la cólera más concentrada y más vengantiva que darse puede.

—¡Buena la habéis hecho!—dijo la señora María bajándose de una silla, á la que se había encaramado para fregar una vidriera, y viniendo hacia el cocinero mayor con un estropajo en la mano—: ¡buena la habéis hecho, señor Francisco!

—¿Pero qué he hecho yo?—exclamó asustado el cocinero, porque le constaba que la señora María no hablaba nunca en balde.

—¿Que qué habéis hecho? ¡nada! ¡absolutamente nada!... ¡pero ello dirá!

—Sepamos.

—¿Tenéis un sobrino?

—Sí, señora, tengo un sobrino.

—¿Y os habéis valido de este sobrino?

—¿Para qué?... vamos á ver... ¿para qué me he valido yo de ese sobrino?...

—¡Pues! para malherir á don Rodrigo Calderón.