—¡Ah! ¡diablo!

—Y ¡ya se ve!... os habéis apropiado los tres mil ducados de la reina.

—Yo...

—Sí, señor... y si no, ¿por qué ha dado de estocadas vuestro sobrino á don Rodrigo Calderón?

—Han sido asuntos suyos...

—Pues mirad, tiene muy malos asuntos vuestro sobrino.

—¡Bah! ¡no tan malos como creéis! Pero en fin, ya que habéis hablado de mi sobrino, por él venía, porque supongo que habrá pasado aquí la noche.

—Aquí la ha pasado, quiero decir, aquí ha pasado la madrugada, porque el galopín Aldaba le trajo á las tres.

—¡Ah! ¿conque ha salido á las tres de palacio mi sobrino?

—¡De palacio!