—¡Ah! ¡El rey!
—No os pongáis pálido, amigo mío, no os pongáis pálido; doña Clara hace tanto caso del rey como de mí.
—¡Pero decís que hay otros!...
—No hay ninguno; es decir, ninguno ha logrado hacerse amar de doña Clara... á no ser que vos...
—¿Yo?
—Seamos francos; ¿cuánto daríais vos por encontrar una persona que os sirviese de puente para con esa dama? ¿Por dos ojos que viesen más que los vuestros?
—¿Me hacéis una proposición?
—Me intereso por vos.
—¿Y qué clase de interés es el vuestro?
—Yo... os serviré... pero me habéis de pagar.